DESIGUALDADES SOCIALES

Publicado en la edición impresa del periódico local de la ciudad de Madrid "El Distrito"
En España estamos viviendo en los últimos meses un acelerado aumento de la desigualdad, bajando la capacidad económica de la clase media en favor de la más adinerada. A esto, y consecuencia de la situación económica y los altos niveles de paro, se une el crecimiento de situaciones de carencia real, incluso sobre necesidades básicas, peor atendidas por los recortes en política social.
La causa se encuentra en la toma de decisiones políticas: la disminución de la carga fiscal a empresas y rentas mientras se incrementa sobre los rendimientos del trabajo o el consumo, los recortes sociales y, a la vez la precarización del empleo priorizando los contratos parciales o en prácticas. Con ello se acentúan los efectos de la crisis sobre los trabajadores.
Merkel, seguida con entusiasmo por Rajoy en España, impulsa una política contraria a la que ahora mismo parecería lógica, potenciando recortes sociales y bajada de impuestos a los más poderosos y las grandes empresas. Son políticas que crean desigualdad, aumentan la pobreza y la exclusión social. La renuncia del Estado a su papel redistributivo de la renta que, con mayor o menor fortuna, se había desarrollado en la Europa de la Guerra Fría conduce a un aminoramiento del propio Estado y de su papel equilibrador y de control, especialmente importante para los sectores más sensibles de la sociedad.
La socialdemocracia europea a partir de la II Guerra Mundial, había conseguido la creación en Europa Occidental de un Estado que garantizaba una cierta protección a las necesidades básicas, capacidad de desarrollo a todos los ciudadanos y disminución progresiva de las desigualdades sociales. De hecho, los países con menor desigualdad son aquellos cuyo nivel de impuestos es más alto (Suecia o Noruega, como ejemplos más claros)
Añadido a esto, asistimos al espectáculo deprimente de grandes empresas, públicas y privadas (o públicas recientemente privatizadas) que despiden a miles de trabajadores, aprovechando la reciente reforma laboral del PP, que disminuye notablemente la indemnización a recibir. A la vez reparten “bonus” espectaculares entre sus directivos, realizan fichajes millonarios de personajes famosos, y despiden o prejubilan a algunos de sus dirigentes con indemnizaciones espléndidas, incluso cuando están arrojando resultados económicos negativos.
John Kennet Glabraith, en su libro “La Economía del Fraude Inocente”, en 2004, denunciaba este secuestro de las grandes empresas por sus equipos directivos, que llegan a desviar dinero del beneficio de la empresa o de los gastos salariales para alimentar sus cuentas, autoconcediéndose recompensas cuantiosas y, en muchas ocasiones, totalmente injustificadas. Son multinacionales que pueden influir de forma importante en cuestiones políticas locales e internacionales.
El aumento de privilegios y riqueza por una pequeña parte de la sociedad está siendo percibida como un agravio por la mayoría de los ciudadanos, que sufren la crisis de forma directa e intensa. Conviene por tanto remarcar que no es una evolución natural ni consecuencia directa de la situación económica, sino el resultado de unas decisiones políticas de disminución de la protección social y laboral que podrían, de hecho deberían, haber sido las contrarias.
Recién militarizadas, las tropas republicanas comenzaban a parecerse a unidades de un ejército regular. Usando correajes militares iguales a los previos a la guerra, se estaban distribuyendo los cascos franceses Adrian (los cascos con “cresta” superior), aunque era muy habitual usar gorrillo “isabelino” quitándole la borla para diferenciarse de los nacionales, o cualquier otra prenda de cabeza y el fusil más numeroso entre sus filas era el ruso Mosin Nagant, caracterízado por su larga y delgada bayoneta.
Los soldados de la infantería regular nacional seguían en gran parte vistiendo con la uniformidad vigente previa a la guerra. El casco habitual era el M26, con o sin ala inferior, aunque muchos soldados empleaban en su lugar el gorrillo “isabelino”, sin quitarle la borla. Los pantalones eran del tipo “granadero”, (ensanchados lateralmente en los muslos) y frecuentemente con vendas en las pantorrillas. En ambos bandos eran escasas las botas por lo que los soldados solían calzar alpargatas.


